Literatura y Mediana Edad
Ana María Shua
Nació en Buenos Aires en 1951. Desde sus primeros poemas, reunidos en El sol y yo, ha publicado más de cuarenta libros. En 1980 ganó con su novela Soy Paciente el premio de la editorial Losada. Sus otras novelas son Los amores de Laurita (llevada al cine), El libro de los recuerdos (Beca Guggenheim) y La muerte como efecto secundario (Premio Club de los XIII y Premio Municipal en novela). Cuatro de sus libros abordan el microrrelato, un género en el que ha obtenido el máximo reconocimiento en el ámbito iberoamericano: La sueñera, Casa de Geishas, Botánica del caos y Temporada de fantasmas. También ha escrito libros de cuentos: Los días de pesca, Viajando se conoce gente y Como una buena madre. Con Miedo en el sur obtuvo el Premio Municipal en el género cuento.
Recibió varios premios nacionales e internacionales por su producción infantil-juvenil. Sus cuentos figuran en antologías editadas en diversos países del mundo. Algunas de sus novelas han sido publicadas en Brasil, España, Italia, Alemania y los Estados Unidos. Su última novela es El peso de la tentación (2007). En el año 2009 ha pubicado en Madrid Cazadores de Letras, que reúne sus cuatro libros de minificción, y en Buenos Aires, Que tengas una vida interesante, sus cuentos completos.
Autorretrato en pasado
Ella es hermosa. La belleza es esa cualidad de las cosas que nos hace amarlas, diría Carlos Chernov. Ella es hermosa y yo la odio. Lo sabían los arduos alumnos de Pitágoras: la belleza es la música de las esferas celestes. Se referían, Pitágoras y sus alumnos, a la armónica perfección de los movimientos de los astros, traducible a leyes matemáticas. Esa belleza imperturbable, reiterada, matemática y musical al mismo tiempo, que les daba la curiosa seguridad de estar viviendo en un universo cósmico. (Pero antes y por detrás de la palabra está el caos).
Ella es hermosa y perfecta como una almendra pelada, dirían los múltiples autores de las mil y una noches. Su rostro eclipsa a la luna. Sus ojos son tan grandes como los de una gacela asustada. Son del color de la miel profunda, aterciopelada. (Sólo en el color, mis ojos se parecen a los suyos). Ella tiene la piel lisa, suave, cubierta de un finísimo, casi imperceptible vello dorado, como la piel del durazno. Y las cejas fuertes, oscuras, un arco perfecto, grueso, delineado. (Sólo en el arco de las cejas me parezco a ella).
La simetría fue uno de los ideales de la Antigüedad. Una forma de orden, una organización que parece implicar una voluntad secreta, inmanente a las cosas o que las trasciende. Varios siglos después de Aristóteles, pero intentando continuar su pensamiento, Alberto Magno define lo bello como "aquello que deleita al ser contemplado" (Quod vissum placet), diferenciando el deleite estético del placer sensible y situándolo en la línea de la perfección del acto de contemplación de la verdad, como "esplendor de la forma". Belleza, dirá su discípulo Tomás de Aquino, es el resplandor de la verdad.
¿Pero es que acaso me deleito en la contemplación de sus rasgos? Quod vissum non placet. Ella es hermosa y su belleza me indigna, me solivianta, me repugna. No quiero verla. Aparta de mí este cáliz, su maldita belleza de mandrágora. ¿Pero acaso alguna verdad resplandece en esa cara, en esos rasgos? Ninguna, yo la conozco bien. Yo sé que esa nariz atinada, coherente y feliz, imperceptible, que ella leva con indiferencia, porque sabe que es la adecuada y necesaria para su cara y que por eso nadie la recordará (ser olvidada, negada su presencia: el punto más alto de la belleza al que puede aspirar una humilde nariz), esa nariz no es originalmente suya, no ha nacido y crecido con ella, yo sé que ha sido comprada con sucio dinero, en un consultorio médico precariamente convertido en quirófano.
Yo la conozco bien. Ella es hermosa, pero no lo sabe. Como cualquier mujer, está curiosamente atenta a sus defectos. Ella sabe que la apertura apenas excesiva de sus costillas bajas facilita la acumulación de células grasas en el abdomen superior: y tiene panza. Ella no está conforme con su boca despareja. Ella sabe qué insignificante es la diferencia de medidas entre su cintura, demasiado gruesa, y sus caderas. Ella no tiene cintura y cree que por eso no es bella, no lo bastante bella y yo me río, me río con crueldad y con horror, porque ella es hermosa y no lo sabe y nunca lo sabrá, y ésa es mi única venganza.
Tus dientes son blancos y unidos como hatos de ovejas trasquiladas, acabadas de lavar. Como roja corteza de granada son tus mejillas. Tu cuello es recto y airoso como la torre de David, ceñida de baluartes. Tus dos pechos son como dos gamitos mellizos, que están paciendo entre blancas azucenas.
Por eso te odio, amiga mía, compañera mía, aunque tu cabello está cubierto de rocío y tus ojos de las gotas de la noche. Por eso te aborrezco. Por tus piernas largas y delgadas, con la pantorrilla bien formada, sin esos hoyos en los muslos a los que cantaban los poetas de la Antigüedad, símbolo de femineidad pura que hoy el mundo ha condenado a la abominación y el destierro.
Sin esos hoyos, porque siempre tuviste carnes duras. Toda hermosa eres, odiada mía, no hay tacha en ti. Ven del Líbano. Novia mía, para que destruya a tijeretazos el brillo obsceno de tu cabellera, para que pueda romper, destruir, quemar, cortar la maldita perfección de tu sonrisa, arrancarte la carne de los huesos, reducirte a la fealdad simple y humana.
No la odiaría tanto si no fuera por la semejanza cruel que nos acerca. Si no nos pareciéramos tanto y tan poco como una caricatura ridícula se parece a su modelo. Ella fue yo, que envejezco.
La Fundación Travesía agradece a Ana María Shua que haya autorizado la publicación de este relato breve en nuestro website.