Literatura y Mediana Edad

Pushkin, Alexander (1799-1837)

Alexander Pushkin Nació el 6 de junio de 1799, en Moscú. Cursó estudios en el liceo Tsárkoie Seló. En el año 1817 tuvo un cargo en el ministerio de Asuntos Exteriores ruso en San Petersburgo, permitiéndole alternar con la mejor sociedad y al tiempo formar parte de un grupo revolucionario. En 1820 por su Oda a la libertad fue deportado al Cáucaso, aunque se le permitió mantener sus cargos oficiales. Ese mismo año aparece su Ruslán y Liudmila, poema romántico basado en el folklore, situándole como uno de los poetas más prometedores de Rusia. Con influencias de Lord Byron como ponen de manifiesto sus poemas, El prisionero del Cáucaso (1822), La fuente de Bajchisarai (1823) y Los cíngaros (1824). En 1823 escribe Eugene Onegin, su obra más famosa que ha sido considerada como la primera de las grandes novelas en lengua rusa.

Expandir Biografía

Se radica en Odessa en 1823, y por una aventura amorosa con la esposa de un superior, fue destituido y expulsado del cuerpo de funcionarios en 1824. Pushkin se retiró a las propiedades de su madre, cerca de Pskov. Allí escribió, entre 1824 y 1825 Boris Godunov, tragedia histórica rusa que fue publicada seis años más tarde. En 1826 el zar Nicolás I, le perdonó. El autor continuó utilizando la historia como trasfondo para dos poemas, Poltava (1828) y Los jinetes de bronce (1833), y para su novela sobre la rebelión de Pugachev, La hija del capitán (1836). Fue autor también de relatos breves como La dama de picas. En 1831, Pushkin llega a San Petesrburgo con su esposa, y en 1833 el Zar lo nombra "gentilhombre de cámara". La alta sociedad en que tuvo que desenvolverse como poeta de la corte, montó una intriga vil: el oficial de la guardia del Zar D'Anthés, hijo adoptivo del embajador holandés Heckeren, corteja descaradamente a la mujer de Pushkin. El 4 de noviembre, el poeta recibe una carta anónima con alusiones sórdidas y el poeta desafía a D'Anthés a batirse en duelo. El 27 de enero de 1837, nada más comenzar el duelo, la primera bala del arma contraria alcanzó el pecho de Pushkin. Durante dos días, los médicos se esforzaron por salvar la vida del poeta, pero Alexander Pushkin murió en la madrugada del 29 de enero. El zar Nicolás I intentó resarcir a su viuda con una renta anual de 11.000 rublos y la edición de sus obras completas.

La vid

No siento yo nostalgia de las rosas
que marchitó el soplo de la primavera;
me conmueven las uvas en las ramas,
cuando maduran los racimos en la tierra
y ponen su rubor sobre los valles,
y como los dedos diáfanos las uvas,
de una muchacha dorada por la luna.

El otoño (fragmento)

I

Octubre ya comenzó y el bosque se sacude
las hojas que quedan en sus ramas desnudas;
sopla el aire otoñal, congela los senderos,
con ruido aun tras del molino van las quebradas,
seco está el pozo, mi vecino en apuros
va de caza por los campos que se despiden ya
y se aturden con el duro juego de los prados.
Y los perros despiertan al bosque con sus ladridos.

II

Es mi estación ahora, detesto la primavera;
el deshielo, el hedor me aburre, el lodo primaveral,
la sangre está despistada y mi alma con esplín.
La rudeza del invierno es más grata para mí,
me enamoro de la nieve y si aparece la luna
el trineo va ligero, veloz voy con mi amiga, libre
y ella tibia entre pieles, plena de dulzura,
su mano ardiente y conmovida me extiende.

III

¡Que fiesta es puesta la cuchilla en los zapatos,
por el espejo helado de los ríos te deslizas!
O la invernal emoción del carnaval con sus brillos...
Pero lo bueno es breve, medio año de pura nieve
Termina por aburrir al que vive en el cubil,
se aburre también el oso, todo el año no se puede
deslizarse en un trineo con la Armida Juvenil,
mirar detrás de los vidrios y apurar amarga hiel.

IV

A ti, rojo verano, es seguro que amaría,
Si no fuera por el polvo, el bochorno y el zancudo.
Por tu sofoco mi cabeza perdió categoría,
tenemos sin gota la boca, como el prado,
lo único que los preocupa apagar esta sequía
y nada más, lástima de la viejita nieve, está pensado
recibirla con vino y hojuelas
con hielo y helado le rendiremos sus honras definitivas.

V

De los días del tardío otoño siempre hay queja,
pero amante soy de la estación, lector querido,
espléndida es su calmada belleza.
Así como en la familia un retoño renegado,
ella me atrae, se los digo, soy sincero,
de todas las estaciones con ella es la que me quedo,
hay tanta bondad en ella, no soy amante vanidoso
y yo allí algo hallé con mi sueño caprichoso.

VI

¿Cómo lo puedo explicar? que me gusta,
como tal vez a ustedes una mujercita tísica
que a veces quieren y a muerte está condenada,
sin rumor, sin ira acaba su vida anímica;
en los labios ajados la sonrisa apenas asomada
y no siente, le anuncian ya la desaparición física;
todavía en el rostro hay leve, rosado matiz,
aún hoy viva la tenemos, mañana se va en un tris.

VII

¡Qué días de tristeza, qué magia para los ojos!
Con tus colores de adiós, el espíritu me alegras.
¡Y cómo amo tu último, marchito esplendor,
de oro y púrpura vestidas las florestas,
bajo sus bóvedas un hálito, un viento
y el cielo oculto está por onduladas tinieblas
y el rayo escaso del sol y la helada temprana
y el invierno que anuncia la fría amenaza ya!

VIII

Con cada otoño, retoño de nuevo;
el frío de Rusia para mi salud está bien,
me halaga de nuevo la rutina del cuerpo, no lo niego:
mi sueño sigue su hora, el apetito al instante,
el corazón la sangre impulsa ligero,
otra vez soy joven y feliz y el deseo arde fiel,
la vida otra vez es plena, anima mi organismo.
(Me excuso de antemano por tan crudo presaísmo.)

IX

Un potro me traen; por la vasta estepa,
ancha la crin, al galope lleva al jinete
y bajo los sonoros cascos sin par
se raja el hielo, suena el congelado valle.
El día corto se esfuma y en el hogar más allá,
ya el fuego arde, la luz dorada difunde,
ya se consume en segundos, mientras leo,
o a largas cavilaciones me doy profundo.

X

Y el mundo olvido y en dulce silencio
hipnotizado por mi imaginación,
la poesía despierta el hechizo:
inquieta mi alma por lírica emoción,
se agita, suena, apenas un atisbo,
surge por fin sin atadura la expresión
y junto a mí un enjambre de invisibles invitados,
los seres de mi sueño, mis viejas amistades.

XI

Y en la mente conmovida, audaz la idea,
y aladas las rimas van hacia ella,
los dedos piden la pluma, desea un papel la tinta,
un minuto y el verso corre a dejar su huella.
Así dormita la carabela al alba húmeda
y de repente agitados los marineros a la bella
despiertan, elevan las velas, propicio es el viento:
se impulsó la nave y hiende las olas.

XII

Navega ¿A cuál costa llegaremos?...