Literatura y Mediana Edad
Vlady Kociancich
Nació en Buenos Aires en 1941. Desde muy temprano supo que sería escritora: "a los nueve años escribí mi primera novela policial y a los diez u once traté de vender un cuento a Billiken con la vieja fantasía de creer que alguien puede escribir un libro de la noche a la mañana y hacerse rico y famoso", dice la autora. Estudió Letras e inglés antiguo junto a Jorge Luis Borges. Fue periodista, crítica literaria y traductora. Los viajes, el gusto por la literatura anglosajona y una particular visión de Buenos Aires han signado todos sus libros, que fueron traducidos a varios idiomas.
Publicó las novelas La octava maravilla (1982), Ultimos días de William Shakespeare (1984), Abisinia (1985), Los Bajos del Temor (1992, Premio Sigfrido Radaelli), El templo de las mujeres (1996, finalista del Premio Rómulo Gallegos), y los libros de cuentos Coraje (1971) y Todos los caminos (1990, Premio Gonzalo Torrente Ballester, España). En 1988 obtuvo el Premio Jorge Luis Borges, otorgado por el Fondo Nacional de las Artes. En 1998 publicó Cuando leas esta carta (cuentos), en 2006 La raza de los nerviosos, y en 207 La ronda de los jinetes muertos y Amores sicilianos, entre otros.
El tiempo más diáfano
Hubo un tiempo en que no me gustaba el otoño. Era en la edad de la inocencia, que festeja la excitación de la primavera y las libertades del verano. Supe que tocaba el umbral de la madurez cuando empecé a celebrar los grises de la lluvia, las hojas secas sobre la vereda, el olor del café, la estimulante sensación de comienzo, de primera página de un libro. Noté después que este enamoramiento estaba viciado de fervor patriótico, porque el único otoño que juzgo digno de su nombre es el de Buenos Aires. Detesto el otoño en cualquier otra parte del mundo, esos grises enfermizos, esas hojas que se adhieren a la suela de los zapatos, esa sensación de un fin de algo bueno, de última página de un libro, que precede al invierno. Admitida la contradicción, me refugié en el orgullo de pertenecer a los pocos que cantaban el otoño de Buenos Aires como la suprema estación, la más diáfana y bella. No tardé en enterarme de que es el único punto en que coincidimos los porteños, salvo quizás el oscuro placer de la queja. Este verano, cuando invocaba a los dioses que gobiernan el clima pidiendo un día de lluvia, dejé atrás todo mi material poético. Sólo quería el otoño para sobrevivir.
Hoy se me ocurre que la ciudad y yo hemos cambiado juntas. Que también Buenos Aires fue perdiendo la edad de barrios inocentes y de fiestas ingenuas, de largos veranos en soñolienta libertad, de otoños que la cubrían de gris, de hojas, del olor del café y de los libros, y que desorientada en la fragmentación que traen los cambios, con algo de vergüenza por haberse creído que era eterna como el agua y el aire, busca su otoño en el cielo de marzo. No el simple alivio del fresco tras un verano aterrador, sino una señal de que algo persiste de la esperanza en que el otoño de Buenos Aires es el verdadero comienzo de la vida de la ciudad, su primera página.
La Fundación Travesía agradece a la señora Vlady Kociancich haber autorizado la publicación de este texto en nuestro website.