Literatura y Mediana Edad
Leopoldo Brizuela
Tal vez influenciado por la actividad de su madre, quien se ganaba la vida como maestra y periodista, Leopoldo Brizuela decidió vincularse al mundo de las letras desde 1977, año en que comenzó a publicar sus primeros cuentos en la revista Oeste. Un año después, este argentino nacido en la ciudad de La Plata en 1963, debutaría en el ámbito periodístico a través de diversos medios gráficos. Tras pasar un tiempo en Inglaterra, el joven Brizuela regresa al país y se recibe de bachiller en el Colegio San Luis, una institución perteneciente a los Hermanos Maristas. Años más tarde, luego de abandonar la carrera de Derecho, comienza a estudiar Letras en la Universidad Nacional de La Plata, aunque tampoco llegaría a graduarse.
Seducido por el canto, Brizuela decide explotar esa faceta y así es como este alumno de Leda Valladares empieza a cantar en público mientras reparte su tiempo entre su producción literaria, la coordinación de varios talleres de escritura y sus tareas de traductor. En 2001, año en que dejó de enseñar Guión Cinematográfico en la Universidad Nacional de La Plata, Brizuela recibió un subsidio de la Fundación Gulbenkian de Lisboa para realizar investigaciones destinadas a una novela y comenzó a colaborar de forma habitual en reconocidos diarios argentinos. Tejiendo agua, Cantoras, Cantar la vida, Cómo se escribe un cuento, Fado, Instrucciones secretas, Inglaterra. Una fábula, El placer de la cautiva y Los que llegamos más lejos son algunos de los títulos que componen la obra literaria de este escritor que, a lo largo de su trayectoria, obtuvo el Premio Fortabat de Novela, el Primer Premio Edelap de Cuento, el Premio Clarín de Novela, el Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires y el Premio Konex Diploma al Mérito en el rubro "Cuento: quinquenio 1999-2004", entre otros reconocimientos.
La familia secreta
La juventud termina, dice Isak Dinesen, cuando comprendemos que nuestro destino es exactamente igual al de los otros. Entonces empiezan a importar los ritos.
El año pasado, para las fiestas, yo me fui, solo, a Lisboa. Anduve largamente por callejones empinados, bajo guirnaldas de lucecitas; me sentaba melancólico a tomar café con la estatua de Fernando Pessoa; veía pasar familias con regalos y coros de niños que interrumpían sus villancicos bajo el abucheo de la llovizna, y, aunque me preguntaba qué cuernos hacía tan lejos, no conseguía comprender. Hasta que una mañana, mientras buscaba la salida del laberinto del barrio árabe, se desató una tormenta, y sin saber bien lo que hacía me refugié en la Iglesia de la Concepción, la más antigua de la ciudad, la única que se salvó del terremoto de 1775. Estaban celebrando misa. Como era día laborable, en la inmensa nave en sombras, y ante un cura vestido de dorado y blanco, tiritaban sólo unos cuantos ancianitos. Pero cuando uno de ellos avanzó hasta el púlpito y empezó a leer las Escrituras, tratando de imponer su voz por sobre el trueno y el diluvio, de pronto, digo, comprendí. Arrullado por la música de los versículos me distraje de lo que decían; y pensé en el Cristo lacerado de la entrada, pensé en la tormenta y en la ciudad inhóspita, pensé en los barcos azotados contra el muelle y pensé en el mar que más de cien años atrás habían cruzado mis bisabuelos portugueses. Pensé, en fin, en ese rito que como durante siglos seguía acogiendo a ancianos y extranjeros, a aquellos que no tienen con quién compartir su memoria, y me dije, de pronto: "esto es la poesía". Y no me pregunten por qué, pero también pensé: "Esto soy yo". Comprendí, digo, y fue mi forma de comulgar.
Por favor, entiéndanme: aquí, en la Argentina, jamás piso una iglesia: soy, si Borges no me engaña, agnóstico. Y la mayoría de los curas me parecen similares a aquel sacerdote lisboeta que se impacientaba a cada vacilación del viejito lector, y que luego recitó la liturgia con la desgana indecente de cualquier burócrata. Tampoco hablo de las ceremonias patrióticas. Después del genocidio, de la guerra de Malvinas, de las leyes que consagraron la impunidad, me repugna toda fiesta que incluya a los culpables, y si alguna vez me llevan por confusión o por fuerza, seré de aquellos que arriman la silla vacía a la mesa de los saciados, quienes devuelven a su fuente "la fruta podrida con que lacayos quieren envenenar mendigos". Hablo de los ritos privados, secretos, que inventamos cuando volvemos de los pocos sitios en que el recuerdo revive, un jueves en Plaza de Mayo, una madrugada en el boliche cuando nuestra misma conversación parece una manta de retazos, el cumpleaños de un hijo huérfano que se vuelve, de pronto, la celebración de un antiguo deseo de dos. Hablo, en fin, de esos ritos que nos inventamos para que en nuestra soledad, como en el día de la creación, vuelva a escucharse el Verbo, porque nos sentíamos perdidos y estalló la tormenta, porque acabó la juventud y ya no tenemos con quién compartir nuestros recuerdos, y porque sólo volver a actuar como antes da sentido a esto que somos.
Sé de gente que pone a girar viejos discos de vinilo, y hay quien arregla su jardín y reparte en macetitas gajos de árbol antiguo, y hay quien prepara pan dulce tan sólo para resucitar una antigua artesanía. En cuanto a mí, este año que tengo menos dinero y menos trabajo también, he estado desarmando y limpiando, pintando y volviendo a armar una cajita de madera balsa, tapa de vidrio y fondo de corcho, que un estudiante de zoología fabricó para clasificar insectos hacia 1975, y que su madre me ofreció hace un tiempo y yo acepté para guardar mis lápices. Bajo la caricia de la lija, tantos años después, la madera estuvo soltando para mí, como un secreto, su perfume de savia, y yo me acordé de aquel fin de año en que él y sus compañeros se preguntaban cuál sería la bandera que empuñarían el día de los grandes festejos, el Día de la Revolución, y un amigo proponía izar el delantal con que su madre, cada mes, limpiaba la silla donde se sentaba brevemente el patrón que venía a cobrar el alquiler. Yo, en cambio, para la fiesta eterna elijo, no el dolor que protejo en mí con el pudor del amor y el cuerpo, sino la breve fajita de letras blancas que identifica a la caja con un nombre científico: Familia Chirsomelidae. La elijo como bandera, digo, sin saber si la cajita guardó insectos o mariposas, mamboretás o cascarudos, porque siento que es una buena forma de nombrar esta nueva familia que fuimos construyendo, este lazo que nos reúne en la tormenta como un templo disperso, este rito en el que todo lo perdido vuelve, vuelve, desde allí en donde esté. Familia Crisomelidea, sí: vos, yo, nuestros muertos y nuestros hijos, nuestra poesía y nuestro inmenso silencio. No un museo: un antiguo deseo en marcha. Familia Chrisomelidae, y ya no importan nuestros nombres.
El año pasado, en Lisboa, conocí por fin la navidad en invierno. Mientras iba solo, recorriendo monumentos llovidos con una guía turística y un paraguas maltrecho, comprendí con cierta envidia para qué se sirven turrones, nueces, chocolates, en las fiestas: para esperar, para invitar, para acoger a las visitas ateridas de frío y de misterio. Y ahora que dejo de escribir y vuelvo a poner mi lápiz en la caja, ahora que cierro su tapa de vidrio, siento que escribo, sí, para volver a esperar, que acabo de tender mi mesa y la fiesta recomienza.
Y llaman a la puerta.
Breve comentario al texto por el Lic. Guillermo Julio Montero
Este comentario no pretende ser exhaustivo, sino sólo articular algunos conceptos centrales a la temática de la mediana edad, tal y como la Fundación Travesía los plantea.
En este texto me parece entrever que el autor está manifestando una de las características centrales que tiene la nueva individuación que se produce durante el inicio y el transcurso de la mediana edad. En efecto en la Fundación Travesía sostenemos que esta individuación implica, entre otras cosas, la inscripción de la propia historia individual en la larga historia de las generaciones precedentes y de las futuras.
Esta nueva perspectiva respecto de la propia historia individual aporta un cambio y un nuevo valor a las representaciones del self tanto como de los objetos, promoviendo incluso desarrollos ulteriores (Montero 2001). La reedición de la conflictiva edípica "en espejo" con la adolescencia de los propios hijos, tanto como el envejecimiento, enfermedad o muerte eventual de los propios padres son fuente promotora a la vez que organizadora de esta nueva experiencia, la que implica una nueva individuación.
La primer frase del texto "La juventud termina cuando comprendemos que nuestro destino es exactamente igual al de los otros" pone en evidencia la temática de la transformación del narcisismo implicada en la aceptación de la propia finitud, activador de gran parte de la conflictiva patognomónica de la mediana edad.
El inicio de un proceso de inscripción de la historia personal en la cadena de generaciones como el que describimos podría quedar evidenciado en el párrafo: "Hablo de los ritos privados, secretos, que inventamos cuando volvemos de los pocos sitios en que el recuerdo revive... Hablo, en fin, de esos ritos que nos inventamos para que en nuestra soledad, como en el día de la creación, vuelva a escucharse el Verbo, porque nos sentíamos perdidos y estallo la tormenta, porque acabó la juventud y ya no tenemos con quién compartir nuestros recuerdos, y porque sólo volver a actuar como antes da sentido a esto que somos."
También implicaría el autor aquello que sucede con el ideal del yo durante la transición de mediana edad, afirmando: "...yo me acordé de aquel fin de año en que él y sus compañeros se preguntaban cuál sería la bandera que empuñarían el día de los grandes festejos, el Día de la Revolución, y un amigo proponía izar el delantal..."
Estos son algunas ideas que se activaron en mí a partir de la lectura de este hermoso trabajo de Leopoldo Brizuela.